Jonathan Ott – Proemio a Triptaminas que he conocido y amado

Ya publicamos hace unos días un extracto del proemio de Jonathan Ott al PIHKAL. En esta ocasión ofrecemos parte de su introducción al TIHKAL, tan interesante como es habitual en este autor.

Ya se puede reservar la edición española de PIHKAL y TIHKAL en la web de Editorial Manuscritos (entrar aquí). Ver todos los detalles en esta página. De momento sólo está disponible la venta para el territorio español. Próximamente nos pondremos en contacto con los amigos latinoamericanos que se han inscrito a alguno de los grupos Facebook para participar en envíos colectivos a través de encargados de zona.

 Aquí puedes ver nuestro vídeo promocional, y aquí la colaboración de Escohotado y aquí la de Jonathan Ott para los libros de los Shulgin. En esta página podéis leer un extracto de la dedicatoria de Ann Shulgin a todos los lectores hispanohablantes. En esta otra podéis leer la reseña que la Librería Muscaria hizo de Pioneros de la coca y la cocaína, el libro que regalaremos a todos los que hagan la reserva de los libros.

Jonathan Ott's Garden

Apropiadamente, TIHKAL comienza con las secuelas legales (no del todo inesperadas) de la edición de su predecesor, PIHKAL. Ambos libros son híbridos: son, por un lado, tratados técnicos, que detallan décadas de investigación química y farmacológica, sobre la relación entre estructura y psicoactividad, de feniletilaminas del tipo de la mescalina (PIHKAL), y de triptaminas del tipo de la DMT (TIHKAL); por otro, son unos relatos autobiográficos muy personales, disfrazados como ficción (por razones legales).

(…) En el sentido autobiográfico (o ‘novelístico’), TIHKAL es claramente una secuela de PIHKAL. La acción del segundo libro comienza donde termina la del primero. TIHKAL abre con la irrupción no anunciada de unos toscos agentes de la DEA (Drug Enforcement Administration) en la casa campestre de la pareja Shulgin, en apariencia con el objetivo de realizar una ‘rutinaria’ inspección administrativa del laboratorio de Sasha Shulgin, que tiene la obligada licencia de la DEA para poder trabajar con sustancias ‘controladas.’ Evidentemente, como casi todo mundo, estos ‘federales’ anti–droga hicieron caso omiso de las advertencias explícitas en torno a la calidad ficticia de PIHKAL.

(…) Para la generación de mis profesores estaba mal visto criticar la prohibición de las drogas; reinaba al menos una tácita aceptación de la situación legal como algo racional y científico, en su esencia santo y bueno. Mis tres mentores principales –R. Gordon Wasson, Albert Hofmann y Richard Evans Schultes– compartían marcadas convicciones anti-prohibicionistas. Cuando alguien les preguntaba al respecto, durante debates públicos o entrevistas, todos manifestaban abiertamente sus principios, sin pelos en la lengua. Por otro lado, en sus libros o artículos, ninguno de los tres llegó a tratar el asunto frontalmente. De hecho, cuando le envié el manuscrito de Pharmacotheon a Schultes, para su posible publicación en una colección que entonces editaba para Yale University Press, ¡me aconsejó suprimir el argumento anti-prohibicionista del proemio! Para Schultes, la política, siempre turbia, jamás debía mezclarse con la pureza cristalina de la ciencia. Yo fui la excepción. Le dije que, cuando constituye un delito mayor la simple tenencia de las materias que son el núcleo de nuestra ciencia, el aspecto político legal no solamente gana relevancia, sino que representa una parte esencial e imprescindible para un tratado multidisciplinario como el mío. Tampoco me parecía tan limpia y cristalina la ciencia, tal como se practicaba, pero esa era otra cuestión. Los Shulgin se muestran evidentemente de acuerdo con esta tesis, y rompiendo con lo establecido, en ambos libros ponen la situación legal en primer plano, como indica el comienzo de TIHKAL: la crónica de la muerte anunciada de la licencia legal de Sasha con la DEA. TIHKAL, igual que su predecesor PIHKAL, tiene mucho que decir contra la maquiavélica prohibición de las drogas: varios argumentos libertarios detallados y de amplio espectro, cuidadosamente razonados.

De la misma manera, entre mis preceptores había mucha reticencia en confesar cualquier afición por las cosas ilegales, por lass frutas prohibidas, especialmente las farmacológicas. El franco amor y entusiasmo de Wasson hacia sus hongos visionarios se manifiesta constantemente, siempre y cuando estén elevados sobre algún altar sacrosanto. Los escritos de Schultes rebosan de un afecto cálido para los embriagantes chamánicos, siempre valorados por un abstracto y apremiante interés científico y potencial medicinal. Para el lector cuidadoso y afinado, brilla el profundo amor de Albert Hofmann por su ‘hijo’ LSD, aunque siempre de trasfondo, entre líneas; a la vez que destaca reiteradamente los aspectos utilitarios, los potenciales usos medicinales de su retoño. No debemos olvidar que tituló a su autobiografía LSD mein Sorgenkind, “mi hijo problemático,” cuando habría sido más adecuado: LSD mein Wunderkind, “mi hijo maravilloso.” Algún lector que no gozara del honor y privilegio de conocer personalmente a Wasson, Schultes y Hofmann podría preguntarse sobre sus verdaderas opiniones en relación con algunas drogas efectivamente ilícitas, especialmente sobre la cuestión intrigante de un uso no médico –por no decir fundamentalmente lúdico– de cualquiera droga visionaria. En un contraste diametralmente opuesto y muy dramático, Ann y Sasha Shulgin no dejan ninguna duda al respecto.

(…) Sasha Shulgin y yo siempre tuvimos mucha afinidad… ambos yanquis, químicos independientes, los dos muy adeptos de la autoedición en un mismo campo de ciencia, con un sentido del humor a veces sardónico, que surgía espontáneamente. Creo que compartíamos igualmente la convicción de que no existe nada sagrado en el mundo humano, especialmente en los mundos religiosos y científicos, y que lo único realmente sagrado, ¡es el mismo universo y sus mecanismos! Entre mis colegas (con la sola excepción de Rob Montgomery), Sasha Shulgin (¡siendo el mayor!) fue el único tan radical políticamente como yo (si no más). Compartimos una filosofía profundamente libertaria e irremediablemente iconoclasta.

(…) Basándonos en criterios tanto científicos como humanistas, jamás ha habido libros como TIHKAL y PIHKAL. Son originales –punto– de pies a cabeza… y ¿qué más puede uno pedir? A más de dos décadas de la primera edición de PIHKAL, puedo constatar que el mundo ha sido enriquecido enormemente por este par de libros monumentales, en los cuales Ann y Sasha Shulgin han vertido su rica vida propia, con una dedicación apasionada y ejemplar. Estas traducciones al castellano señalan un evento auspicioso, de muy buen augurio. Me siento feliz, sí, y honrado de poder constatar aquí mi profunda deuda con los autores, y mi gran respeto y aprecio hacia sus vidas y su obra.

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