Los comienzos de la investigación clínica…

…en los Estados Unidos de América con compuestos que presuntamente tienen un potencial curativo (para luego comercializarlos bajo el nombre de fármacos), estuvo marcado por el uso abusivo de personas que, bajo coacción y falsas promesas, se vieron en la obligación de participar en estudios clínicos diseñados con el único objetivo de observar cómo una sustancia desconocida actúa sobre sus organismos. (Por Alfonso Barba)

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Estas personas eran presos, indigentes, afroamericanos. Los investigadores usaban el trastero que su misma sociedad segregacionista había creado para obtener unos datos que luego extrapolaban a la población general para comercializar sus fármacos. También usaban pacientes con todo tipo de patologías. Los esquizofrénicos fueron los que más sufrieron por este cruel y despiadado comportamiento del mundo de la ciencia médica.

Uno de los casos más evidentes fue el estudio clínico que se llevó a cabo en Tuskegee, entre los años 1932 y 1972. El objetivo del estudio clínico era observar el deterioramiento que la sífilis provoca en el cuerpo humano. Para ello reclutaron a cientos de pacientes de raza negra, muchos con la enfermedad, pero otros que no la padecían, y a éstos últimos les inocularon la enfermedad. Los participantes en el estudio, con la excusa de que les estaban tratando una enfermedad que los médicos denominaron “mala sangre”, debían acudir al hospital para que los investigadores realizaran el seguimiento de la enfermedad. En realidad no les trataban la enfermedad (aunque ya a finales de los años 40, la penicilina era el tratamiento habitual para la sífilis). El estudio clínico duró 40 años. No creo que haya habido un estudio clínico tan largo en la historia de la investigación clínica.

Esto que he comentado está relacionado con varios pasajes de los libros de Shulgin. En la sección de Anexos y Comentarios de algunos de sus compuestos, Shulgin critica la deplorable actitud y la falta de ética, con la cual se llevaban a cabo los estudios clínicos durante esos primeros años. Además, también hace mención de cómo la FDA se servía de informes ambiguos y con una falta total de rigor para mirar, y encontrar, donde no hay, argumentos para incluir sustancias psiquedélicas en la lista I de la Ley sobre Substancias Controladas.

A continuación os incluyo uno de estos comentarios que Shulgin narra en varios de sus compuestos. Se trata de la bufotenina y de cómo, con un solo testimonio, esta sustancia fue a parar, de la noche a la mañana, a la lista I:

“Esto es una presentación de los primeros estudios realizados con bufotenina en humanos, estudios con 14 pacientes esquizofrénicos en un psiquiátrico estatal y con dos convictos en una prisión estatal. A los dos convictos se les administró una inyección con una solución de bufotenina en forma de sal, a lo largo de tres minutos. El único síntoma observado, una descripción de hiperserotoninemia (una liberación de serotonina en sangre, llamado rubor carcinoide), fue suficiente, en el momento adecuado y en el lugar apropiado, para que la FDA clasificara a la bufotenina como una “droga peligrosa”. Y con la aprobación de la Ley sobre Substancias Controladas de 1970, ésta se incluyó en la Lista I como alucinógeno, con un alto potencial de abuso y sin utilidad médica aceptada. Cualquiera que sea la actividad real de la bufotenina, y el papel que pudiera tener en explicar la compleja función de la serotonina en humanos, hoy sería extremadamente difícil de estudiar, y sólo porque a un sujeto experimental en una prisión de Maryland se le enrojeció la cara en un estudio que se llevó a cabo justo en el momento equivocado.

Pero así es como funciona la política de las drogas. No puedo más que comentar algunos aspectos de la ética médica que acompaña a estos estudios. En este estudio se reclutó a 14 pacientes esquizofrénicos (ganado experimental es la analogía que me viene a la mente) a los cuales los médicos investigadores les inyectaron su droga. Leamos el testimonio de lo que le ocurrió a una mujer, tras la rápida administración intravenosa de bufotenina. “Tuvo salivación abundante. Se podría haber ahogado fácilmente en su propia saliva y se le tuvo que poner de costado. La frecuencia cardiaca aumentó ligeramente durante el periodo que abarca desde el final de la inyección hasta unos 10 minutos después, aunque sin mucho cambio en la presión sanguínea. La receptividad se recuperó a los 23 minutos, momento en el cual la paciente se encontraba totalmente lúcida y, respondiendo a una pregunta relacionada con una explicación previa a la inyección, habló de un recuerdo largamente reprimido de cuando tenía tres años, cuando entró en el baño y vio a su madre morirse de una hemorragia uterina. Esto se dijo con indiferencia y no tuvo consecuencias terapéuticas.” ¡QUE MÉDICOS MÁS OBTUSOS!. Una víctima de esquizofrenia narra por cuenta propia un recuerdo largamente reprimido de la traumática muerte de su madre, y con la tecnología de vanguardia para curaciones usada en los psiquiátricos en aquellos días, dos médicos ignoraron, de hecho, lo que hoy se consideraría un espectacular avance en terapia. Otro de los sujetos se consideró que estaba al borde de la muerte, y necesitó respiración artificial como única intervención. ¿A esto llaman investigación en el arte curativo de la medicina?.”

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