Sexo, drogas y jugadores veteranos

(Capítulo 11 del TiHKAL)

(Habla Alice)

Es sábado por la noche, y Shura y yo hemos tomado cien microgramos de LSD, una dosis bastante baja —no lo suficientemente grande como para aturdir la mente con demasiada información, pero más que suficiente como para facilitar el acto sexual—. Estamos en junio, y es una noche cálida, así que no necesitamos meternos bajo las sábanas. Me acuesto a su lado, y él apaga la lámpara de noche. Ahora sólo nos alumbra la luz de la radio, pero es suficiente para vernos el uno al otro.

Shura vuelve la cabeza y me sonríe, su cabello sobresale de su cabeza como una corona, brillando con tonos plateados y rosados y anaranjados en la penumbra.

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Os recordamos que ya hemos publicado una página sobre el plazo de reserva y las instrucciones detalladas para adquirir PIHKAL y TIHKAL en español (leer aquí), para resolver todas las dudas que nos habéis ido preguntando. Aquí puedes ver nuestro vídeo promocional, y aquí la colaboración de Escohotado y aquí la de Jonathan Ott para los libros de los Shulgin. En esta página podéis leer un extracto de la dedicatoria de Ann Shulgin a todos los lectores hispanohablantes. En esta otra podéis leer la reseña que la Librería Muscaria hizo de Pioneros de la coca y la cocaína, el libro que regalaremos a todos los que hagan la reserva de los libros.

Continúa el texto:

Me levanto apoyándome en un codo, y le digo: «¿Qué tal si buscamos en el dial para ver cuáles son nuestras opciones?».

Mientras él cambia de una emisora de música clásica a otra, acaricio su espalda y veo cómo brotan pequeños arcoíris de la estela de mi mano. De repente, el Concierto para piano n.º 2 de Prokófiev pone fin al continuo cambio de emisoras, y le doy una palmadita de aprobación en mi parte redondeada favorita de su anatomía: «¡Ey, tuvimos suerte!».

Shura se da la vuelta: «Eso parece».

Sus manos se mueven por encima de mi estómago y descienden por uno de mis muslos, y yo exhalo una bocanada de aire que no sabía que estaba conteniendo, deshaciéndome de toda una semana de preocupaciones y frustraciones. Pero, sobre todo, abandono el miedo de que mi cuerpo no sea lo suficientemente bello, lo suficientemente delgado, lo suficientemente atractivo. Un sentimiento crece en mí cada vez que hacemos el amor, una certeza de que, de alguna manera que no puedo entender con la parte autocrítica de mi mente, Shura me ama de forma incondicional. No a pesar, sino incluyendo todos mis defectos. Es fácil para mí aceptarlo, aceptar su cuerpo, y las cosas que no son perfectas en él, pero siempre me sorprende que él me acepte de la misma manera.

Lo que amo es la esencia del hombre interior, la energía masculina y su isla de feminidad. Su cuerpo es la expresión física de su luz y de sus lados oscuros, a veces en conflicto y a veces en equilibrio, como ocurre en todos nosotros, supongo.

Estamos cariñosamente entretenidos con los signos menos románticos del envejecimiento de cada uno: la caída del vello púbico, el redondeo de las barrigas, la flacidez de la piel que en su lugar debiera ser tersa y lisa. Con todo ello, poco a poco vamos aprendiendo a aceptar nuestros propios cuerpos, y amarnos el uno al otro.

Una de las cosas que hace que sea difícil apreciar el envejecimiento del propio cuerpo es que el alma, el sentido de quiénes somos, se mantiene en una edad alrededor de los treinta y dos años. Esto es algo incómodo de oír para algunas personas, que por lo general optan por no creerlo, ya que suena demasiado triste. Prefieren pensar que el espíritu de la abuela dentro de ese encogido y frágil cuerpo hundido entre las almohadas se siente tan antiguo como su propia carcasa. Pero simplemente no es así. Y la idea de un alma joven atrapada en un cuerpo viejo no es tan trágica como podría parecer. Después de todo, el envejecimiento ocurre muy gradualmente, día tras día, y después de un tiempo uno aprende a encogerse de hombros con resignación ante su reflejo y a evitar las cámaras de los amigos.

Y hay compensaciones. Cuando tienes treinta años, te das cuenta de que comienzas a entender las reglas del juego: el juego de las relaciones sociales humanas. Con sesenta y setenta años, un nuevo nivel de comprensión comienza a ser evidente; a veces, cuando prestas atención, puedes escuchar el fluir de la vida con más claridad, sentirlo moverse por debajo y alrededor de ti, sentirte parte de algo inmenso y eterno, y sin embargo, de alguna manera, íntimamente conectado a ti mismo y a todo lo que haces y piensas.

La sexualidad cambia a medida que envejecemos. El cuerpo no actúa o reacciona de la manera que lo hacía veinte años atrás. Si tú y tu amante tenéis una buena relación, encontraréis que con el paso de los años la frecuencia se sustituye por profundidad, sutileza y una nueva dimensión de exquisitez. El acto de hacer el amor en sí, las caricias y los usos imaginativos de las manos, la boca y la lengua para jugar con el cuerpo del amado, haya o no culminación final, pueden convertirse en un placer jamás soñado en la obsesión por el clímax de los veinte años.

Si se está familiarizado con ciertas drogas psiquedélicas o plantas visionarias, y se tiene experiencia en el uso de las mismas, hacer el amor puede convertirse en una verdadera experiencia multidimensional, sensualidad entretejida con espíritu, imágenes fastuosas tras los párpados cerrados combinadas con el olor y el tacto de la piel, y la floración profunda del orgasmo en la mente, antes de la explosión, insoportablemente dulce y larga, en el cuerpo.

Pero se debe estar familiarizado con los efectos de la droga y estar seguro de la identidad y la calidad de lo que se está usando. El efecto relajante de ciertas drogas psiquedélicas puede hacer que resulte más fácil encontrar ese brote erótico que puede ser estimulado a entrar en floración, pero es importante que se sepa lo suficiente sobre los efectos del fármaco como para evitar tomar en exceso. Las razones son obvias: con una dosis demasiado alta, la imaginería que llena la pantalla interior, y las complejidades conceptuales que la acompañan, pueden hacer que sea difícil centrarse, ya sea mental o corporalmente, en hacer el amor, en caso de que ése sea el propósito. La cercanía emocional y espiritual que tal experiencia compartida puede provocar sin duda servirá de recompensa, pero si tu intención es hacer el amor, una dosis moderada servirá mejor que una alta.

Más tarde, esa misma noche, me encuentro en una cueva sombría donde la música de Benjamin Britten es como agua que cae sobre las rocas en un estanque oscuro. Un fino rocío se eleva desde la base de dos enormes piedras redondeadas, suaves como nalgas esculpidas. La música fluye por mis pechos, un toque de violines plantea preguntas en plata que se oscurece en estaño, respondidas por un violonchelo de musgo verde desde las profundidades del estanque. Una luz roja brilla desde algún lugar detrás de mí, y se aprecian reflejos de rojo y dorado en el agua que cae, entonces Shura aúlla más y más, y yo me elevo, más allá de las grandes rocas, hacia el cielo nocturno.

Levanto la cabeza y le sonrío; su mano acaricia mi pelo. Guardamos silencio, en reposo, mientras seguimos escuchando la música.

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Las imágenes de este artículo proceden de la página del Alexander Shulgin Research Institute.

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